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19 de junio de 2013 • 16:19

Manifestantes dejan a políticos atónitos en Brasil

 

Las grandes protestas en Brasil han dejado perplejos a los políticos, a quienes los manifestantes han dicho que no los representan y les han recriminado los escándalos de corrupción.

En las multitudinarias manifestaciones, que el lunes llevaron 250.000 personas a las calles de las principales ciudades y se extienden a diario por todo Brasil, no entran ni políticos ni sindicatos: "Ustedes no nos representan", les dicen en sus pancartas, feroces e irreverentes.

Las protestas han sembrado un silencio de estupor entre los políticos.

"Toda la institucionalidad política, incluso la más progresista, ha quedado estupefacta, porque es un fenómeno que sale de los padrones tradicionales. Es un movimiento de individuos que transita de facebook a la calle, aunque sus demandas son muy nítidas y concretas", afirmó a la AFP el diputado socialista Chico Alencar.

El propio ministro de la Secretaría de la Presidencia, Gilberto Carvalho, reconoció dificultades para entenderlo: "Es extremamente complejo de entender, ni en nuestros buenos tiempos conseguíamos poner a 100.000 personas en las calles".

La política vive su menor nivel de prestigio de los últimos diez años en Sao Paulo, la metrópoli de 20 millones de habitantes que originó las protestas, según una encuesta Datafolha divulgada el miércoles: 79% opinó que los partidos tienen poco o ningún prestigio, 76% dijo lo mismo del gobierno y 82% del Congreso. Y entre los motivos de las protestas, si el motivo número uno fue el precio del transporte (67%), el dos y el tres fueron: la corrupción (38%) y los políticos (35%).

Las protestas contra el aumento del precio del transporte y los millonarios gastos públicos en el Mundial 2014, desataron una ola de críticas a las instituciones (alcaldías, gobernaciones, congreso y gobierno federal) a las que reclaman resultados y servicios públicos de calidad, tras dos años de crecimiento bajo e inflación elevada.

"El pueblo despertó: o paran de robarnos, o paramos Brasil", clamaban miles de manifestantes el lunes tras ocupar el techo del Congreso.

"Hay una insatisfacción con la política tradicional, un distanciamiento del elector con sus políticos, que no ocurre solo en Brasil, sino que lo hemos visto en las grandes protestas callejeras en todo el mundo", dijo a la AFP una socióloga de la Fundación Getulio Vargas (FGV), Dolce Pandolfi.

En Brasil, ocurre después de más de diez años de gobierno nacional del popular e izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) -surgido precisamente de movimientos sociales y sindicatos- y de casi dos décadas de gobierno en el más rico y poblado estado del país, Sao Paulo, del Partido de la Social Democrácia Brasileña (PSDB).

También se produce tras una sucesión de escándalos de corrupción que en los últimos años asolaron al Congreso, gobierno y partidos, incluido el PT, que enfrentó al final de 2012 un histórico juicio en el que fueron condenados exministros y exdirigentes por pagar mensualidades a diputados de partidos aliados a cambio de sus votos.

"Cada vez más los grandes partidos fueron aceptando prácticas que antes contestaban (...) Ha habido en la política un padrón degenerado de relaciones entre partidos, alianzas heterodoxas, una connivencia con la corrupción", dijo Alencar, que hace años abandonó el PT, cuando cayó en ese tipo de prácticas de gobierno.

En Un año antes del Mundial de Fútbol, que será seguido tres meses después de elecciones presidenciales, y después de que la popularidad de la presidenta Dilma Rousseff, favorita para la reelección, cayera ocho puntos por causa de la inflación, nadie se atreve a evaluar el impacto político que tendrán las protestas.

En opinión del investigador del Centro Brasileño de Análisis, José Artur Gianotti, dependerá de que "los políticos se abran a las nuevas demandas" y que los manifestantes sepan articularlas, según declaró a la radio CBN.

Tras una semana de manifestaciones, la presidenta Dilma Rousseff, una ex guerrillera torturada y encarcelada bajo la dictadura militar, pasó de una actitud distante al elogio, al afirmar el martes que los políticos tienen que "escuchar la voz de las calles".

El "mensaje directo de las calles es de repudio a la corrupción y al uso indebido del dinero público", dijo Rousseff, quien también hizo suyo el reclamo por "más ciudadanía, mejores escuelas, hospitales" de una sociedad que creció y aumentó sus clases medias en los últimos diez años.

Tras rechazar las protestas en un primer momento, en muchas ciudades los alcaldes cancelaron los aumentos del transportes, aunque aún no en Rio y Sao Paulo.

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