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18 de septiembre de 2012 • 11:55

Homilía completa del arzobispo Ezzati en Te Deum ecuménico

El arzobispo Ricardo Ezzati.
Foto: UPI
 

La confianza en Dios y en los hermanos, clave del desarrollo de un pueblo

Textos bíblicos:
Josué 24,1-18b
Juan 6,60-69

Desde los umbrales de la Independencia Nacional quiso el pueblo de Chile, a través de la voz autorizada de sus gobernantes, caminar tras los pasos del Señor Jesucristo y bajo el amparo de la Virgen María. Fue así como, antes de la batalla de Chacabuco, Don Bernardo O’Higgins declaró a la Virgen del Carmen “Patrona y Generala de las Armas Chilenas” y Don José Miguel Carrera pidió a la autoridad eclesiástica de Santiago que se celebrara la Santa Misa con el Himno del “Te Deum”, en esta Iglesia Catedral, para conmemorar y agradecer el primer aniversario de la Patria liberada. Esta ininterrumpida tradición, expresión genuina del alma de Chile, sólo se suspendió en el año 1973 en que, debido a la situación imperante, en vez de entonar un Te Deum, al recordado Cardenal Silva Henríquez le pareció más adecuado reunir a las autoridades del país en una “Oración por Chile”, para pedir también por los caídos, en el Templo de la Gratitud Nacional.

Desde ese lejano 1811 hasta el Te Deum que hoy nos congrega, ha pasado el tiempo y la vida de nuestro pueblo por coaliciones gobernantes de distintos signos que han impulsado otros tantos proyectos de desarrollo imposibles de resumir en pocas palabras. No han faltado poetas, poetisas y antipoetas que han brillado en el universo de las letras, ni sabios y santos que han fecundado nuestra historia. 

Todo ello, unido a la vida de cada uno y cada una de sus habitantes nos reúne gozosos en este Te Deum para dar gracias a Dios, el Padre de las luces, de quien viene todo don perfecto. 

1. A qué Dios queremos servir

Junto a nuestra gratitud resuena con fuerza, en esta asamblea, la pregunta de Josué, cuando reúne al pueblo que ya ha llegado a la tierra prometida. Después de haber vivido cuarenta años en el desierto y de haber alcanzado la tan anhelada libertad, ha llegado la hora de encontrarse con lo más esencial de la propia identidad, esa identidad fundamento y consistencia de su futuro de pueblo. En Siquén, Josué convocó a “sus ancianos, cabezas de familia, jueces y alguaciles” para madurar una decisión de trascendental importancia: renovar o rechazar la alianza con Yavé. Entonces, Josué los instó a servir al Señor y les dijo: “Si les resulta duro servir al Señor, elijan hoy a qué dios quieran servir… que yo y mi casa serviremos al Señor”. Y el pueblo respondió “¡lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! … También nosotros serviremos al Señor: ¡El es nuestro Dios!” (Jos 24, 15.16.18b).

Sería de esperar que nuestra respuesta a esa pregunta fuera un “Amén” rotundo al Dios de nuestros padres y madres en la fe. Sin embargo, es de temer que la respuesta no sea tan nítida como la que ellos dieron en Siquén o como la que se dio en los momentos fundacionales de la patria.

Al esbozar nuestra reflexión no hay reproche en que seamos un pueblo consciente de su riqueza étnica y que respetemos las tradiciones de los pueblos Mapuche, Aymara y Rapa nui. Muy por el contrario, nos honra dar nuestra respuesta al Señor haciéndonos cargo de la realidad multicultural en que vivimos. No hay reproche tampoco en que existan en Chile diversas expresiones de la fe cristiana, así como de otras creencias religiosas, presentes también en nuestra asamblea. Todas estas expresiones creyentes pueden concurrir, con sus tradiciones y carismas, a entonar una hermosa sinfonía, a la que también pueden sumarse las personas que buscan el rostro de Dios y no lo encuentran.

En verdad, Chile, tiene muchísimo que agradecer en diversos campos de la vida del país, más aún si nos medimos con otros pueblos cercanos y lejanos que son probados por la guerra, el hambre, la miseria e incluso por temibles crisis económicas. Sin embargo, entre nosotros, en que debido a un esfuerzo compartido, hay menos desempleo, mayor estabilidad económica y mejores condiciones de vida para buena parte de la población, en vez de gratitud aparece una sensación de incomodidad, de insatisfacción, que dificulta visiblemente nuestra convivencia y, por ende, nuestra manifestación de fe en el Señor. ¿A qué puede deberse este sentir? 

2. Una crisis de confianza

No es el momento para hacer un análisis más pausado. Pero, una de las razones que está en la raíz de este malestar se debe a una crisis de confianza que se ha transformado en un virus omnipresente que contagia las relaciones de nuestra vida familiar, social, política y también eclesial. Se desconfía de la autoridad, se desconfía de las instituciones, se desconfía de las buenas intenciones y hasta de la viabilidad de los proyectos propios. Esta misma desconfianza tensiona la vida familiar, nos aleja de nuestro prójimo y crea barreras entre grupos y sectores. Por esta razón, el diálogo que necesitamos para solucionar nuestras querellas, se ve interrumpido, coartado, ensombrecido. Y hasta desconfiamos de su factibilidad y eficacia para lograr los acuerdos necesarios.
La desconfianza, por definición es la anti-fe, la anti-creencia en Dios y en los hermanos. Peor aún, tal como la palabra lo indica, la des-confianza despoja… a las personas y a las instituciones que la representan, de la credibilidad básica sobre la cual se construyen las relaciones humanas, los pactos, las leyes, las instituciones. ¡Es imposible crecer en desconfianza! ¡Es imposible educar en desconfianza! ¡Es imposible amar con desconfianza! La desconfianza corta la trama del tejido humano y hace que se desplome la viga maestra que sostiene la polis, el templo y el hogar. Es urgente trabajar mancomunados, emprender una noble movilización nacional para recrear una atmósfera de fe y de benevolencia que permita confianza mutua, en la palabra dada y en la colaboración que posibilite alcanzar el mayor bien común posible.

La historia nos ha hecho ver los estragos que deja servir a los dioses de la violencia, de la guerra, de la riqueza, del placer o del poder. Son demasiados los heridos y hasta los muertos que aún caen víctimas de discursos errados y solemnes profecías con que se entronizan los representantes de estos dioses procurando, en cambio, dejar en ridículo a los que quieren servir a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas sus fuerzas, y al prójimo como presencia viva de Dios. Hablar de paz mientras truenan los cañones, hablar de justicia y equidad cuando se exaltan sin límites las ganancias, hablar de gratuidad cuando se entroniza el lucro y la usura, parecen frases ingenuas y utópicas, que no calzan con el mundo real. Todo esto alimenta la crisis de confianza que cobra arteramente nuevas víctimas. 

Lo peor, es que este ambiente insatisfecho se presta para que aparezcan formas de violencia que, de manera real o simbólica, buscan destruir al adversario o simplemente al que no piensa como yo. Este año lo hemos experimentado cruelmente en diversas formas de intolerancia y de discriminación. Hemos sufrido en las calles de la ciudad, en el corazón de las asambleas vecinales, escolares, regionales, así como en otras formas de reivindicación social. No. Ese no es el mundo que queremos construir si es que, de verdad, queremos decir un sí incondicional al Dios de la Vida, de la Verdad, de la Justicia y de la Paz, que nos quiere hermanos y hermanas.

3.- Escenarios que nos desafían

Se vuelve, entonces, una misión cívica de enorme trascendencia contribuir a desarrollar condiciones objetivas de confianza, especialmente debido a los escenarios nuevos y antiguos que condicionan nuestro caminar en la historia.

3.1.- El escenario cultural
Nos sentimos desafiados, en primer lugar, por “el escenario cultural” vigente. Reconocemos y celebramos lo que nos acomuna, es decir, “lo humano”, aquello que es verdaderamente serio y verdadero, como la búsqueda de la verdad, de la justicia, del bien; el respeto incondicional a la dignidad de toda persona humana; la acogida de multiculturalidad, así como los derechos de los pueblos originarios. Con el Concilio Vaticano II, afirmamos que la Iglesia se siente íntimamente solidaria con los justos anhelos de las personas y de la sociedad. Serpentea, sin embargo, y no lo podemos callar, un afán sutil y peligroso por secularizar nuestra cultura, imponiendo estilos y modelos que no están acordes con el sentir de la mayoría de los chilenos. Con mucha fuerza queremos proclamar que no se puede marginar a Dios de la vida de un pueblo, menos aún, para endiosar a la soberbia humana de algunos. Es la tentación original que vuelve cíclicamente a la historia, disfrazada de diversas ideologías que preconizan la privatización de la religión y terminan exaltando el subjetivismo o el colectivismo, relativizando la verdad y condicionando la opción primordial por la Vida. A través de la imagen positiva de “liberación” se quiere invadir la vida cotidiana de las personas y desarrollar una mentalidad en la cual Dios está, de hecho, ausente. No, Dios no es obstáculo al crecimiento humano, muy por el contrario, lo estimula, bendice y garantiza. Él es el primer e insustituible pilar de confianza. “Feliz el hombre que se fía del Señor su Dios…” 

3.2.- El escenario político
En el campo de lo político enfrentamos también una crisis de confianza, desde luego en las instituciones que lo representan, como lo demuestran las encuestas de opinión. Por una parte, se ha despertado una mayor conciencia de ciudadanía y de respeto por los derechos de todos, que se expresa en los movimientos sociales, en las redes y agrupaciones de la sociedad civil, en las organizaciones regionales, en el nuevo protagonismo juvenil. Estas formas de participación interpelan las formas tradicionales de la política de partidos y nos desafían a pensar cómo construir hoy día la vida cívica de Chile. Lo nocivo es sembrar la desconfianza en las autoridades o en estos nuevos movimientos, o bien, en negarse a dialogar limitándose a exigir e imponer intereses parciales. Y, ciertamente, es nocivo el no-argumento de la anarquía, sobre todo en su expresión violenta, que es un signo potente de la desconfianza en todo lo que la sociedad organizada pueda construir. 

Es muy necesario ayudarnos a valorar las instituciones básicas del país, comenzando por la familia y la escuela, siguiendo por los Tribunales de Justicia, el Congreso y la Presidencia de la República. Para ello se necesita estar a la altura de las demandas sociales destacando en los hechos dos conceptos esenciales de la construcción de un pueblo: la búsqueda honesta del bien común, por sobre todos los bienes particulares, y el sentido de servicio en todos los quehaceres ciudadanos del país. Estas son formas probadas que ayudarán a derribar la desconfianza que se ha instalado en el debate nacional y ayudarán no poco a dar la propia aportación de participación a la construcción de la ciudad, cumpliendo los más elementales deberes cívicos.

3.3.- El escenario económico
El agotamiento de la economía de bienestar que hoy sacude a gran parte de Europa y el endiosamiento de la economía de mercado, han llevado al mundo a una crisis muy aguda, de la cual nuestro país se ha librado, en parte, por la buena administración económica de las coaliciones que nos han gobernado. Sin embargo, hay un comprensible malestar ante la distribución inequitativa de la riqueza que produce desigualdades escandalosas, falta de oportunidades y hasta exclusiones de los beneficios logrados. La derrota de la pobreza extrema, en la que se han dado pasos significativos, debe seguir siendo prioridad en la agenda política.

Pero yendo más a fondo, el Papa Benedicto XVI pone el dedo en la llaga de una urgencia postergada. “El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo” (Benedicto XVI, Caritas in Veritate, n. 36.5).

“En la Centesimus annus - continúa el Papa - mi predecesor Juan Pablo II señaló esta problemática al advertir la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil. Consideró que la sociedad civil era el ámbito más apropiado para una economía de la gratuidad y de la fraternidad, sin negarla en los otros dos ámbitos. Hoy podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en medida diferente y con modalidades específicas, debe haber respeto a la reciprocidad fraterna. En la época de la globalización, la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes. Se trata, en definitiva, de una forma concreta y profunda de democracia económica. La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después, como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia. Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales. De su recíproca interacción en el mercado se puede esperar una especie de combinación entre los comportamientos de empresa y, con ella, una atención más sensible a una civilización de la economía. En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (Ib. 38.1).

3.4.- El escenario educativo
No cabe duda que la educación es una realidad insoslayable para el pleno desarrollo del ser humano y de la sociedad, en general, y que, aunque cada administración busca perfeccionar lo recibido, siempre queda un espacio abierto e inacabado. Sobre esta materia hay mucho que escuchar y algo que decir. Desde luego, que es falsa la oposición entre educación pública y privada, por la simple razón que, independiente de quien la imparta, la educación como tal es un bien público que la sociedad y el Estado deben cautelar. Es de esperar que los nuevos recursos que se espera recaudar, en esta reforma tributaria, vayan en ayuda de los sectores más vulnerables, haciendo confianza tanto en la escuela municipalizada – potenciándola con verdadero interés – como en otras de iniciativa privada, sea de educación gratuita o de financiamiento compartido. Lo esencial, más que los aportes económicos, son los contenidos de la educación, la calidad de los pedagogos y la restauración de un clima de confianza en que todos los miembros de la comunidad escolar puedan hacer su aporte para la formación integral de los alumnos. Ante el actual escenario educativo surge espontánea la pregunta, ¿por qué algo que es correcto, en su origen y en sus manifestaciones, se vuelve conflictivo? Nuevamente aparece el virus de la desconfianza que impide sentarse a la mesa del diálogo fecundo para explorar las mejores respuestas a esta necesidad tan sentida como compartida.

3.5.- El escenario comunicacional
Es un hecho que, en el actual escenario del mundo y del país, los medios de comunicación social, unidos a las redes sociales, tienen una importancia decisiva. Quienes los dirigen y utilizan prestan el servicio insustituible de relacionar a las personas y a los pueblos a través de la información, la entretención y la formación en valores. Tienen en sus manos poderosos instrumentos que pueden servir para establecer lazos de amistad y restablecer las confianzas perdidas. Pero también pueden contribuir lastimosamente a atizar las desavenencias y conflictos entre los principales actores sociales. Es de esperar que las personas y corporaciones que los dirigen nunca cedan a la lógica del lucro, desvirtuando su naturaleza esencial, ni que movidos por el impacto noticioso pasen a llevar la dignidad inalienable de cada ser humano. En Santiago y en Chile estos medios están en pocas manos por lo que se puede esperar la gestión de un pacto por la transparencia y la verdad respetuosa de los valores a que aspiramos como sociedad organizada.

3.6.- El escenario migratorio
En fin, sería incompleta mi palabra si no hiciera un llamado a la acogida y la confianza a los migrantes que llegan a nuestra tierra en busca de nuevas oportunidades y, en algunos casos, huyendo de situaciones opresivas, como sucedió a muchos chilenos en un pasado no lejano. Nuestra patria se ha formado con la riqueza que han aportado diversas migraciones a lo largo de su historia. Nuestra patria se ha enriquecido con el aporte de artesanos, sabios y misioneros que han regalado sus vidas al servicio de Chile y, en especial, a la formación de jóvenes generaciones que han detentado responsabilidades políticas, económicas y sociales en el país. Además, nuestras raíces judeocristianas nos han legado como mandato de Dios la acogida al hermano cuando es forastero… Es de esperar que este mandato, que con tanta gracia cantamos, se haga música en el corazón de los que llegan y jamás sean explotados aprovechando la vulnerabilidad de su situación migratoria.

4.- Una esperanza que no defrauda

Tanto el mundo de la educación como el religioso y eclesial se ha visto golpeado por los casos de pedofilia y abuso sexual que todos conocemos. Esta es una realidad que nos duele profundamente sobre todo cuando estos casos involucran a personas consagradas a Dios y al servicio de los hermanos. Por esa razón, la Iglesia universal y la Iglesia local ha tomado medidas muy serias para enfrentar estos delitos, cuando se trata de menores, y para investigar los actos impropios y faltas a la probidad requerida en el ministerio consagrado. Estos hechos han sido causa de desconfianza en la Iglesia y en las confesiones religiosas afectadas por estas denuncias. Ojalá la misma energía que se ha usado para denunciar se utilice también para reconocer y divulgar los procedimientos y las medidas adoptadas por la jerarquía de la Iglesia y los establecimientos educacionales. Y más aún, para reconocer y apoyar las iniciativas de la Iglesia Católica y las confesiones hermanas para erradicar estos males, para predicar la fe y fortalecer la comunión entre todos. 

Gracias a Dios, la vida de la Iglesia es mucho más que estos hechos estridentes. Hay en ella una vitalidad entusiasmante basada en la confesión de la fe en Jesús “el Santo de Dios” (Jn 6, 69), y en la certeza de que Él tiene caminos de vida plena para cada persona y para cada pueblo (Cf Jn 10.10). Esta es la savia siempre nueva que está en el corazón de la formación que seguimos entregando a través de los cientos de parroquias, capillas, colegios, escuelas y movimientos presentes en esta Iglesia de Santiago y en las Iglesias hermanas a lo largo del país.

Casi sin pensarlo, aparece en nuestro discurso la virtud de la Fe que es lo contrario a la desconfianza. La fe en Jesús en cuya palabra “hay Espíritu y hay Vida” (Jn 6, 63), la fe en Dios, nuestro Padre que reúne a los creyentes en la fe de Abraham, así como la fe en nuestro prójimo, quienquiera que sea, y hasta la fe en nosotros mismos. Es la fe humana que tiene su raíz en la Fe divina. Siempre la virtud de la fe que, en su corazón, contiene las certezas que alejan y hasta destierran toda desconfianza. Inmensa es la fe de María, la Madre de Jesús, generosa la fe de Pedro al adherir a Jesús cuando muchos se escandalizan con sus enseñanzas (Jn 6, 62), grande la fe del Padre Hurtado y Teresita de los Andes, conmovedora la fe del pueblo sencillo de la Iglesia Santa de cada día. 
Sin fe, sin confianza, no se puede recomponer la vecindad ni la convivencia en el barrio, en el foro, en el Congreso o en la Escuela. Sin fe, sin confianza, se deshacen las lealtades, se destruyen los pactos y hasta se aprueban leyes transeúntes sin un serio arraigo en quienes las discuten y las aprueban. Sin fe, sin confianza, no se puede sanar la convivencia herida, generándose la dispersión de las mejores propuestas y un aislamiento fatídico de cada cual con su verdad, carente de toda credibilidad. 
Por eso, este año, convocados por el Santo Padre, al celebrar 50 años del Concilio Ecuménico Vaticano II, viviremos y celebraremos “el año de la fe” con iniciativas tendientes a fortalecer la columna vertebral de nuestra comunión. Un año en que nos pondremos al servicio de todos para ayudar a fortalecer la confianza mutua y en que, con humildad, esperamos también ser dignos de la confianza de quienes se han alejado de nosotros.
Junto a la fe siempre habita la Esperanza, esa virtud humilde y necesaria, que invocamos cuando no encontramos el camino o desconfiamos de la ruta que quisiéramos seguir. Es la virtud de lo imposible: esa que hace florecer los desiertos y que se palpa en los brotes de un árbol caído. La esperanza que surge, nueva y novedosa, del vientre de una madre encinta al dar a luz al hijo de sus entrañas. La esperanza que está inscrita en el ADN de la persona y que la lleva a creer en la posibilidad del hoy y del mañana.
Así como en el corazón de la Fe se encuentra la certeza y la verdad, en el corazón de la Esperanza habita el amor en plenitud. La realidad siempre posible del amor. Es verdad que solemos decir esperanza cuando pensamos en el futuro. No dejemos de lado el corazón de la esperanza que nos habla del presente. Eso es esencial pues, en medio de las dificultades y vicisitudes del presente, la esperanza nos asegura el hecho de poder amar y ser amados hoy día, mañana y siempre. De esa manera, y junto a la Fe, ella se transforma en la virtud de la confianza.

Al concluir estas reflexiones, nuestra mirada se dirige hacia Dios, nuestro Padre, quien desde los albores de la creación ha puesto toda su confianza en su hijo, el ser humano, y lo ha capacitado plenamente para llevar adelante sus proyectos. Nuestra esperanza la depositamos en Jesús resucitado porque “nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios…”(Jn 6,69). Y nuestra capacidad de amar la confiamos al Espíritu Santo que renueva constantemente las personas y las obras de la creación.
Nuestra Señora del Carmen, Madre de Chile, ¡ruega por tu pueblo que confía en ti!

† Ricardo Ezzati Andrello
Arzobispo de Santiago

Santiago, 18 de septiembre de 2012

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